Somos muchos los que tenemos un importante compromiso con la educación y lo hacemos desde la educación pública, a lo largo de los años. Resulta necesario un debate como sociedad sobre nuestra decisión de destinar bajos presupuestos y mantener con magros ingresos a quienes sostienen cotidianamente la difícil tarea de acompañar en el aprendizaje a niños, muchos de los cuales vienen de situaciones vulnerables.
Una educación excluyente se traduce en migración hacia las escuelas privadas.
Una buena educación pública garantiza que todos tengan iguales oportunidades para desarrollar sus talentos y perseguir así los objetivos que se proponen en la vida: quienes así lo consideran entienden que la educación puede ser un mecanismo de distribución justo.
Se trata, por lo tanto, de que la educación garantice la igualdad de oportunidades.
Desde otro punto de vista, si el mecanismo de distribución justo se coloca ya no sólo en la escuela sino también en aquellas políticas compensatorias (de ingresos, distribución de bienes, derechos, recursos, capacidades y acceso) que impactan directamente sobre las personas a lo largo de su vida, entonces será posible obtener resultados más homogéneos. Se trata de buscar la igualdad de posiciones o resultados más que de oportunidades.
El meollo sobre el que trabaja esta otra idea de justicia es la siempre difícil tarea de establecer una distinción entre aquello que es producto de una elección personal respecto de lo que viene dado por las condiciones sociales.
Las escuelas públicas son el espacio de trabajo de una educación incluyente y justa, y por ende, de calidad. Los valores de la solidaridad y la cooperación están en su corazón
Porque jugar, leer y cuidar la tierra son derechos de todos los niños.
Fuente de referencia: Escuela pública e igualdad social. Por Adrián Cannellotto. Le monde diplomatique argentina